Historias

La Urna

“¡Eres un idiota!” exclamó Meghan cuando le conté lo que pasó. “¿Cómo pudiste perder las cenizas de Mamá?”

Creo que esto merece una explicación antes de continuar con mi relato. Mi nombre es Jonah, tengo veinte un años. Tengo dos hermanas; somos trillizos. La menor se llama Meghan. Ella es la gritona, una mocosa malcriada, la diva y la más popular de la escuela. Mi cómplice. La otra es Yvone, la mayor de los tres… y se nota. Era la hija perfecta, estudiante perfecta y legalista. Hasta se vestía como una directora. Era como una segunda madre… pero menos divertida. Meghan y yo no éramos muy cercanos a Yvone porque si algo llega a salirse de control, ella nos delataría por nuestros crímenes. Tiene un fuerte sentido de supervivencia. Antes no era así.

Nuestra madre se llama Elissa; hace tres años ella fue diagnosticada con cáncer de pulmón. Antes de morir, ella nos dijo que quería ser cremada y que sus cenizas fueran esparcidas en su lugar favorito: la playa. Y bueno, así lo hicimos: cuando Mamá falleció la cremamos. Yvone puso sus cenizas en una urna plateada y decidimos ir el viernes en la tarde los tres juntos a la playa. Antes de salir a la playa, Meghan y yo nos reunimos en la casa de Yvone. Mientras Yvone terminaba de arreglarse, tomé la urna, salí al patio a caminar ya recordar a Mamá.

Extrañaré su risa cuando Meghan contaba chistes, la sabrosa pizza que ella preparaba los sábados en la noche y cuando espontáneamente empezaba a cantar una canción vieja de cuando ella era joven. Extrañaré a Mamá.

De pronto, tropecé con una piedra; las cenizas cayeron en el césped y una fuerte brisa se las llevó. ¡Mamá! No puede ser. ¡Yvone va a matarme! Entré corriendo en la sala y le conté a Meghan todo lo que pasó. Así que, retomemos la historia…

“¡Eres un idiota!” exclamó Meghan. “¿Cómo pudiste perder las cenizas de Mamá?”

“Fue un accidente.”

“¿Qué le diremos a Yvone?”

“¿Qué tienen que decirme?” preguntó Yvone que estaba detrás de nosotros. Nos atrapó. Va a matarnos. Me sudan las manos. Miré a Meghan buscando palabras. Ella encogió sus hombros y me dio una mirada que decía: ¿La verdad?

“Yvone,” dije después de un largo silencio, “se me cayeron las cenizas de Mamá en el patio y la brisa se las llevó. Lo siento mucho. Espero que puedas perdonarme.” Yvone se quedó mirándome, callada. Va a explotar, pensé.

“De acuerdo.” Respondió Yvone.

¿Qué? ¿Eso es todo? ¿Ella está bien con esto? ¿Está loca?

“¿No estás… furiosa?” preguntó Meghan, personificando lo que yo también estaba pensando.

“No, les confesaré algo.” La miramos atentamente. Yvone nunca nos había confiado un secreto. “Perdí las cenizas de Mamá hace unos días. La urna se me cayó desde el segundo piso. Eso que tu perdiste fueron las cenizas de unos periódicos quemados.”

Meghan, Yvone y yo nos reímos tanto que nos dolía el estómago. Mamá estaría feliz de vernos ahora.

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